Carlos Alberto Solari, conocido como el Indio Solari, falleció dejando un vacío profundo en la escena del rock argentino. Figura clave del género por su incansable trabajo y su singular legado, Solari ocupaba un lugar en el Olimpo de los solistas junto a leyendas como Charly García, Luis Alberto Spinetta, Pappo, Gustavo Cerati, Fito Páez y Andrés Calamaro. Fue la voz del fenómeno más importante de la música nacional, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, y su muerte plantea ahora una pregunta inevitable: ¿cómo continuará el mito de un hombre que ya era legendario en vida?
La historia de la banda comenzó a mediados de los años ’70 en La Plata, cuando Solari, junto a su manager “La Negra” Poly y el guitarrista Skay Beilinson, eligieron un nombre con un propósito concreto. “Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota” buscaba crear un personaje ficticio —Patricio Rey— que supliera la figura de un líder tradicional, cuestionando así la idea de un liderazgo evidente. Esta decisión fue el fundamento de un camino independiente que definió su obra y que inspiró a numerosas generaciones de artistas argentinos que hoy llenan estadios.
Ellos mismos, los tres fundadores y los músicos que se unieron en diferentes momentos, eran cuerpos efímeros, elementos transitorios en una estructura basada en la idea de prescindir de métodos, gurús o patrones, como reacción ante el vacío que dejaron ciertos ídolos y las influencias de movimientos místicos y políticos. Este pacto simbólico se fracturó cuando Solari comenzó a encarnar directamente la figura de Patricio Rey. En palabras del propio Indio, “la obra soy yo”, una declaración que hizo en una entrevista a fines de la década del 2000, apenas un año antes de la disolución definitiva de la banda.
Tras la separación de Los Redonditos, Solari desarrolló una sólida carrera solista que se extendió más de veinte años, superando en duración su etapa como cantante del grupo, que suma quince años desde el lanzamiento del álbum debut Gulp! en 1985. Su voz singular, mezcla de aspereza y romanticismo, acompañada por su particular lírica, marcó la formación de un nuevo tipo de artista: primero ícono underground y luego líder masivo que supo unir distintas generaciones y clases sociales.
Las letras del Indio Solari son un mosaico de influencias que van desde la profundidad del haiku, la irreverencia del cómic, a la profecía contracultural y la astucia de un tahúr. Frases como “atrapado en libertad”, “el que abandona no tiene premios” o “violencia es mentir” —convertidas en slogans y tatuajes— plasmaron un universo simbólico que caló hondo tanto en la intelectualidad rockera como en la cultura popular más diversa. En temas como “Juguetes perdidos” (1996), Solari evoca ideas cercanas a Dostoievski, reflejando la esperanza y la lucha del “desangelado”, término con el que definía a sus seguidores, en referencia también a la precarización social y laboral de la juventud argentina.
Solari, al igual que figuras como Eva Perón —a quien él mismo atribuyó una leyenda personal— y Jorge Bergoglio (Papa Francisco), mostró de forma tardía sus raíces peronistas, traduciéndose en una militancia simbólica que reunió a una multitud de fieles, consolidándolo como un oráculo de la cultura popular contemporánea.
Parte del mito que construyó radica en la cuidadosa preservación de su intimidad y misterio, manteniendo una vida previa a la exposición pública llena de datos escasos y contradicciones, alimentando así la fascinación del público. Este “muro de intimidad” generó un vínculo especial con sus seguidores, especialmente durante la expansión masiva de su audiencia entre los años ’80 y ’90, similar a lo que Bob Dylan había iniciado décadas antes.
La obra del Indio Solari abarca un crisol social que se reflejó en la diversidad de público que llenaba sus recitales, tanto en la época de Los Redonditos como en los conciertos de su banda actual, Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. En estos últimos años, tras el diagnóstico público de Parkinson que solía llamar con ironía “Mr. Parkinson”, parecía prepararse para un retiro gradual.
En ese proceso, registró uno de sus discos más emotivos, El ruiseñor, el amor y la muerte (2018), lanzado casi en paralelo con sus memorias Recuerdos que mienten un poco. Este álbum fue comparado con Blackstar (2016), el testamento musical que dejó David Bowie antes de su despedida definitiva. En sus libros y discos, Solari dejó claro que la convocatoria masiva y la creatividad artística no son fuerzas opuestas, sino que pueden coexistir y potenciarse.
Con la muerte del Indio Solari, se cierra un capítulo emblemático del rock argentino. Su legado, sin embargo, permanece intacto, alimentando la leyenda de un hombre cuyo mito trascendió la música para convertirse en un fenómeno cultural sin igual. La interrogante sobre cómo continuará esta historia seguirá abierta, pero su huella permanecerá imborrable en la memoria colectiva.
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