x Javier Yacoy.
En la última semana, en la Cámara de Diputados de la Nación, vimos un espectáculo que dejó atónitos incluso a quienes creen haberlo visto todo en política. En el recinto, durante la sesión preparatoria, varios Legisladores y Legisladoras Nacionales aprovecharon un momento solemne —la jura— para transformarlo en un acto militante, personalista y casi performático.
Hubo quienes juraron “por Palestina”, otros “por Venezuela”, otros “por Néstor y Cristina” y también quienes agregaron consignas partidarias, ideológicas o directamente propagandísticas. Dirigentes del Frente de Izquierda sumaron referencias internacionales que nada tienen que ver con la fórmula constitucional. Diputados Kirchneristas sumaron arengas de campaña como si estuvieran en una marcha partidaria y no en el Congreso de la Nación.
El resultado fue un verdadero muestrario de consignas, en el que la solemnidad institucional quedó relegada a un segundo plano, como si el reglamento fuera una sugerencia y no una norma. Esa escena ya encendió alarmas entre juristas, especialistas en instituciones y ciudadanos comunes.
Pero lo más grave de todo es que esa falta de rigor institucional está empezando a reproducirse a nivel local, como un eco deformado de lo que se vive a nivel nacional.
EL DESORDEN LLEGÓ A CASA
Y sí. Lo que parece un detalle, lo que parece un momento “menor”, lo que parece una formalidad sin peso… termina diciendo muchísimo sobre la salud institucional de un municipio.
Hoy, en la sesión del Honorable Concejo Deliberante de San Andrés de Giles, durante la toma de juramento, se vio exactamente la misma tendencia preocupante que vimos en el Congreso: la falta total de apego al reglamento, la falta de preparación y, lo que es peor, la falta de respeto por las reglas básicas de la democracia local.
El Reglamento Interno del HCD de nuestro municipio es clarísimo. Clarísimo. No tiene zonas grises.
El Artículo 8 establece únicamente dos fórmulas posibles para jurar:
- “Por Dios y por la Patria…”
- “Por la Patria…”
Y la respuesta debe ser “Sí, juro”, sin otras invocaciones, sin añadidos personales, sin consignas militantes.
(Un consejo para aquellos que asumen: léanlo.)
Nada más. No hay interpretaciones posibles.
No hay margen para “inventar” una jura alternativa.
No hay espacio para convertirlo en un homenaje partidario o para probar originalidades.
Sin embargo, lo que se escuchó en el recinto fue otra cosa.
Una respuesta completamente ajena a lo que exige el reglamento.
Una frase improvisada, personalista, que invocó familiares, compañeros de militancia, dirigentes políticos nacionales y consignas ideológicas, y recién al final, como si fuera un detalle que había que completar, agregó un “sí juro” para salvar las apariencias.
ESTO ES MUCHO MÁS GRAVE DE LO QUE PARECE.
Porque no estamos hablando de un error menor.
No estamos hablando de un papel mal presentado ni de una firma que faltó.
Estamos hablando de un acto fundacional del mandato, el preciso momento en que un concejal asume ante la comunidad el compromiso institucional que lo habilita a ejercer su cargo.
Y en ese momento, el reglamento no se improvisa.
No se adorna.
No se adapta al gusto del día.
No se convierte en un acto militante.
Lo que ocurrió refleja, tristemente, una alarmante falta de preparación de quienes ocupan bancas en el HCD.
Una falta de lectura básica.
Una falta de respeto a las formas mínimas que sostienen el funcionamiento de cualquier cuerpo deliberativo.
Una falta de conciencia del rol.
Y lo más preocupante: transmite la sensación de que todo da lo mismo.
De que las normas están para ser cambiadas según el ánimo del día.
De que la institucionalidad es apenas un decorado, un trámite, una puesta en escena que se puede ignorar si se quiere dejar una frase ingeniosa o un gesto partidario.
Lo que pasó en Diputados fue un síntoma de cómo se degrada la política cuando las instituciones se transforman en escenarios para aplaudirse a uno mismo.
Lo que pasó en San Andrés de Giles es el mismo síntoma, pero en casa.
Y es todavía peor, porque en un Concejo Deliberante local —chico, cercano, transparente— el reglamento debería ser sagrado. La ley escrita debería ser intocable. La jura debería ser impecable.
Si quienes tienen que legislar no leen ni respetan el reglamento que los rige…
Si quienes deberían ser ejemplo institucional improvisan en el momento más solemne…
Si quienes deben representar a los vecinos no se toman en serio ni siquiera la forma de asumir el cargo…
Entonces el problema no es la jura.
El problema es la actitud.
El problema es la naturalización del desorden.
El problema es la falta de cultura institucional.
Y eso, lamentablemente, no se resuelve con un papelito ni con un “perdón, me confundí”.
Se resuelve con formación, con respeto, con lectura y con responsabilidad cívica.
LA INSTITUCIONALIDAD NO ES UNA OPCIÓN.
Cuando las juras se vuelven slogans, cuando los reglamentos se pasan por alto, cuando la solemnidad se reemplaza por militancia, entonces la política pierde sentido y el vecino pierde confianza.
Y en tiempos donde la confianza es lo más escaso que tenemos, cada irregularidad, cada falta de respeto a la norma, cada juramento inventado, cada acto improvisado cuenta.
Y cuenta para mal.
San Andrés de Giles merece concejales que sepan qué dice el reglamento.
Que lo lean.
Que lo respeten.
Que honren la banca que ocupan.
Porque sí ni en el acto más básico se respetan las reglas, ¿Qué podemos esperar para el resto de la gestión?
SAN ANDRES DE GILES SITIO OFICIAL!
