x Javier Yacoy
El reciente anuncio de que un Militar asumirá como Ministro de Defensa encendió las alarmas del kirchnerismo. Los mismos dirigentes que hoy se rasgan las vestiduras porque “los militares no pueden hacer política”, celebraron y defendieron en silencio cuando Néstor y Cristina Kirchner hicieron exactamente lo mismo.
La diferencia no es de valores: es de conveniencia.
Durante dos décadas construyeron un relato donde las Fuerzas Armadas eran el enemigo interno, la encarnación de la dictadura, un sinónimo automático de represión y lesa humanidad. Durante años desfinanciaron y desmantelaron las capacidades militares, al punto de dejar una estructura incapaz de enfrentar el narcotráfico, con fronteras liberadas y un nivel de abandono estructural que en cualquier país sería considerado una amenaza a la soberanía.
Pero la supuesta “línea histórica” de no mezclar política y uniformes duró… hasta que les fue conveniente romperla.
El kirchnerismo también designó militares
Agustín Rossi fue Ministro de Defensa cuando el Gobierno de Cristina Fernández nombró Jefe del Ejército a César Milani: un militar con causas por presuntos delitos de lesa humanidad y con investigaciones abiertas en el marco de la dictadura.
Esa designación no solo no escandalizó al kirchnerismo: fue defendida con dientes y uñas. Callaron Hebe de Bonafini. Calló Estela de Carlotto. Callaron todos los que hoy dan cátedra de Derechos Humanos en los medios.
Ahí la vara fue otra. El uniforme dejó de ser un problema. El pasado dejó de importar. La ética quedó en suspenso porque obedecía al proyecto político correcto.
Hoy critican que un militar con trayectoria intachable —que en tiempos de dictadura era apenas un niño— encabece Defensa.
No cuestionan su carrera, su honor ni su formación. Lo cuestionan porque no es de ellos.
La objeción no es moral ni histórica: es PARTIDARIA.
Esta gimnasia discursiva desnuda lo que hace tiempo muchos advirtieron: los Derechos Humanos fueron utilizados como herramienta de poder. El uniforme no importa; importa quién lo firma. Si lo designa el kirchnerismo, ayuda al “proyecto nacional”. Si lo designa otro, es la antesala de un golpe.
A esto lo llamo progresismo selectivo
Los mismos dirigentes que repudian a las Fuerzas Armadas argentinas reivindican a militares y dictadores en el exterior:
• Hugo Chávez, militar golpista.
• Fidel Castro, dictador con uniforme perpetuo.
• Daniel Ortega, que casi nunca aparece vestido de civil.
Militares autoritarios, sí. Pero como eran “nacional y populares”, entonces no contaban como militares. Otra vez: el problema no era el uniforme. Era el color político.
Nada daña tanto la causa de Memoria, Verdad y Justicia como el doble estándar.
Porque si un militar sospechado recibe apoyo y silencio desde el poder mientras otro —sin mancha— recibe hostilidad y demonización, entonces el mensaje queda claro:
la memoria no fue un principio; fue una herramienta.
Y el precio lo paga el país entero, porque las Fuerzas Armadas —indispensables para defender fronteras, perseguir al narcotráfico y cuidar los intereses estratégicos— quedaron atrapadas en una grieta ideológica que no sirve a nadie, excepto a quienes lucran con el odio eterno.
Conclusión
El kirchnerismo no está indignado porque un militar asumió un ministerio.
Está indignado porque ese militar no responde a ellos.
Hablan de dictadura mientras defienden dictadores.
Hablan de memoria mientras borran su propia historia.
Hablan de Derechos Humanos mientras usaron a Milani para su estructura de poder.
Un país no puede construir futuro si usa su pasado como arma política en lugar de como brújula moral.
SAN ANDRES DE GILES SITIO OFICIAL!


