COLUMNA DE OPINIÓN
Por Javier Yacoy
En la política argentina hay una lección que se repite con frecuencia: lo que funciona en campaña no siempre funciona cuando se llega al gobierno. El episodio que involucra al jefe de Gabinete Manuel Adorni vuelve a poner en evidencia esa tensión entre discurso y realidad.
Justo cuando la realidad parecía sonreírle de oreja a oreja al gobierno del presidente Javier Milei, se le abrió un frente de tormenta hijo de su propia narrativa.
En el centro del problema no están tanto los privilegios o la tan mencionada “casta”. El problema es la relación que el Gobierno decidió construir, desde lo discursivo, con el dinero y con el ejercicio de la función pública.
Quiero aclarar algo antes de seguir: yo soy de los que cree que, en la mayoría de los trabajos, mientras mejor nos paguen, más y mejor vamos a trabajar. Se llama incentivo. Y creo que también aplica para la política.
Un secretario de Estado administra responsabilidades enormes, toma decisiones complejas y vive bajo una presión constante. Pretender que alguien con ese nivel de responsabilidad cobre un salario casi simbólico puede sonar atractivo en campaña, pero no necesariamente funciona en la práctica.
Sin embargo, el Gobierno libertario se enamoró de la idea de funcionarios con salarios muy bajos, casi de hambre, como uno de los indicadores de su combate contra los privilegios y la casta. En ese proceso, los libertarios criminalizaron al sector público con mucha vehemencia.
Y ahora, de alguna manera, terminan autoincriminándose.
En estas horas, el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, vive en carne propia el costo altísimo que tiene que pagar por ser funcionario del Estado nacional. Seguramente también podrá pensar lo poco que percibe, en lo que a salario se refiere, por esa tarea. Según datos públicos, su ingreso ronda algo más de 2000 dólares mensuales. Si me preguntan, es poco para la responsabilidad del cargo.
Que quede claro: Adorni no es una víctima. Ser funcionario público implica exposición, críticas y la obligación permanente de rendir cuentas. Si existiera alguna irregularidad en el uso del avión privado para viajar a Punta del Este junto a su esposa durante varios días, corresponde investigarlo.
Pero también es cierto que el nivel de tensión que debe administrar, las responsabilidades intrínsecas del cargo y el escarnio público que muchas veces se produce incluso frente a errores menores, no se reflejan en el monto que recibe por su función.
Más liberales o menos, más conservadores o más progresistas, el acceso al poder trae incluida una tentación (cuando no una vocación) casi irreductible: hacer cosas que el ciudadano común no puede hacer. En buena medida porque el propio cargo lo permite.
Imagínate que sos el jefe de Gabinete. ¿Cómo hacés migraciones como cualquier persona, con toda la muchachada alrededor? Suena romántico, pero no lo es.
La política conoce bien ese fenómeno. Existe incluso un refrán que muchos dirigentes saben de memoria:
“El que no abusa de su poder, se desprestigia.”
El problema para el Gobierno es otro. Quedó preso de sus propias palabras.
Hoy circula una montaña de videos que lo confirman. El Gobierno, Adorni y el propio presidente se contradijeron. Nada nuevo en la política argentina.
La historia ofrece ejemplos bastante claros.
El gobierno de Carlos Menem estuvo atravesado por múltiples denuncias de corrupción y ese clima fue parte del cambio político que llevó a la Alianza al poder en 1999 con Fernando de la Rúa.
Durante aquella campaña, De la Rúa prometió vender el avión presidencial Tango 01 como símbolo de austeridad. De hecho, comenzó su gestión sin utilizarlo. Pero rápidamente le recomendaron que, por razones de seguridad, era mejor que el presidente viajara en el avión presidencial. ¿Les suena conocido?
La historia es conocida: nunca se vendió.
Años después, algo muy parecido ocurrió con el propio Milei, que también habló de vender el avión presidencial durante la campaña.
En resumen: ninguno lo vendió.
Eso demuestra algo bastante simple: no todo lo que funciona en campaña funciona cuando te toca gobernar.
Desafortunadamente para Adorni, además, fue el propio Presidente de la Nación quien, en la apertura de las sesiones ordinarias del 1° de marzo de 2024, anunció que habría una nueva regulación en la Administración Nacional de Aviación Civil para impedir que funcionarios del Gobierno utilicen aviones privados salvo en misiones oficiales.
Una medida extrema e insólita que buscaba reforzar la idea de que el ajuste también lo hacía la política.
La austeridad de un gobierno está bien.
La exageración demagógica, no.
Le pasó a casi todos los Gobiernos Argentinos, especialmente al kirchnerismo. Y es justamente ahí donde aparece algo que, personalmente, siempre me llamó la atención: la cantidad de parecidos que tiene el gobierno actual con los gobiernos kirchneristas.
Cambian las ideologías. Cambian las formas. Pero muchas veces aparece la misma doble moral.
Un ejemplo reciente lo vimos incluso en algo tan aparentemente trivial como el fútbol.
Cuando Lionel Messi se fotografió con Donald Trump, el kirchnerismo salió a criticarlo mientras los libertarios lo defendieron con entusiasmo.
Pero el kirchnerismo suele olvidar muchas de las historias y contradicciones que rodearon a Diego Maradona, a quien elevaron casi a la categoría de figura intocable.
Y del otro lado ocurre algo parecido.
Estoy bastante seguro de que si la foto de Messi hubiera sido con Nicolás Maduro en lugar de Trump, muchos libertarios estarían hoy igual de indignados que los kirchneristas.
¿Por qué?
Porque, al final, muchas veces pasa lo mismo.
Cambian las banderas, cambian los discursos y cambian las ideologías.
Al final del día, la discusión no es solo un avión, ni un viaje, ni siquiera un funcionario puntual como Manuel Adorni. Lo que vuelve a aparecer es algo mucho más profundo y bastante más repetido en la historia política argentina: la distancia entre lo que se dice cuando se está en campaña y lo que se hace cuando se llega al poder.
Le pasó al kirchnerismo, que construyó buena parte de su relato denunciando privilegios mientras acumulaba poder y patrimonio. Y ahora le empieza a pasar también al gobierno de Javier Milei, que llegó prometiendo terminar con la casta y empieza a descubrir que gobernar no siempre permite sostener el mismo discurso que se usa para ganar elecciones.
Cambian las ideologías, cambian los estilos, cambian las palabras. Pero hay algo que parece repetirse con demasiada frecuencia en la política argentina: la doble moral de exigirle a los otros lo que después uno mismo no está dispuesto (o no puede) cumplir.
Tal vez por eso, más que discutir un episodio puntual, convendría empezar a discutir algo más incómodo: si en la Argentina el verdadero problema no es qué gobierno llega al poder, sino la facilidad con la que todos terminan pareciéndose cuando finalmente lo tienen.
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