Impuestos, enojo y una señal que no llegó

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x Javier Yacoy

En San Andrés de Giles se aprobó para el ejercicio fiscal 2026 un paquete de medidas que modificó de manera profunda la relación entre el municipio y los vecinos: aumentos significativos en tasas existentes y la creación de una nueva Tasa Vial aplicada al combustible.

Impuestos, enojo y una señal que no llegó

El diagnóstico previo era real y compartido por muchos: las tasas municipales habían quedado muy atrasadas frente a la inflación y la recaudación era baja. Con apenas un 17% de cumplimiento histórico, el sistema era claramente insostenible. Hasta ahí, el punto de partida no admite demasiada discusión.

El problema no fue qué se hizo, sino cómo se hizo.

Los incrementos se aplicaron de manera abrupta, en un contexto donde la ciudad muestra un deterioro visible en calles, servicios y mantenimiento general. A eso se sumó una nueva tasa (la vial) que se cobra de forma indirecta, cotidiana y sin segmentación social, con la promesa explícita de que su destino sería la reparación y el mantenimiento de calles.

Ese combo encendió una reacción que hoy ya no es anecdótica, sino medible.

Un dato que debería encender alarmas

En una encuesta realizada en redes sociales por nuestro medio @sanandresdegilescom, respondida por 1018 vecinos, se preguntó directamente sobre el pago de impuestos municipales. Los resultados son contundentes:

  • Siempre los pagué: 62%

  • Antes pagaba, con los aumentos ya no: 21%

  • No pagaba y no voy a pagar: 17%

  • Antes no pagaba y ahora sí: 0%

Este último dato es el más revelador (y el más preocupante):
el aumento no generó nuevos cumplidores. Solo perdió cumplidores existentes.

Es decir, el ajuste no logró su objetivo central, que era ampliar la base contributiva. Por el contrario, empujó a una parte de quienes sí pagaban a dejar de hacerlo. Desde el punto de vista fiscal, social y político, es una señal negativa.

El círculo vicioso que se profundiza

El municipio parece atrapado en un círculo conocido:

  • Los vecinos no pagan porque no ven servicios.

  • No hay servicios porque no se recauda.

  • Se suben las tasas para recaudar.

  • El impacto genera enojo y desconfianza.

  • La gente paga menos, no más.

Cuando ese círculo se profundiza, el problema deja de ser técnico y pasa a ser de legitimidad.

No se trata solo de números, sino de confianza. El vecino no discute balances; compara lo que paga con lo que ve todos los días al salir de su casa. Y hoy, para muchos, esa comparación no cierra.

La Tasa Vial y el reloj en marcha

La nueva Tasa Vial tiene una particularidad clave: está atada a una expectativa concreta y fácilmente verificable. “Esto es para arreglar calles”. No para equilibrar cuentas, no para gastos generales, sino para un destino visible.

Treinta días pueden ser poco desde lo administrativo, pero son mucho desde lo social cuando el impacto ya se siente en cada carga de combustible. Si en los próximos meses no aparecen mejoras claras y distribuidas —aunque sean parciales—, la tasa corre el riesgo de perder rápidamente legitimidad pública.

Una oportunidad que todavía existe

Nada de esto es irreversible. Pero el margen se achica.

Sin información clara sobre lo recaudado, sin un cronograma público de obras y sin señales visibles en el territorio, el mensaje que queda no es “ordenar las cuentas”, sino “pagar más por lo mismo o por menos”.

Y ese es el peor escenario posible para cualquier política tributaria local.

Porque cuando un aumento no suma contribuyentes y, además, pierde a los que ya cumplían, el problema deja de ser económico. Pasa a ser político, social y de confianza.

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