Por Javier Yacoy
San Andrés de Giles se sofocaba bajo un silencio premonitorio. El 23 de marzo de 1976, la amenaza del golpe militar se sentía como un buitre, sus alas negras proyectaban una sombra de miedo sobre cada calle, cada casa, cada alma. En la residencia de Héctor José Cámpora, en la esquina donde la calle San Martín se encuentra con Avellaneda, la tensión se palpaba en el aire, fría y cortante como un fragmento de vidrio. El ex presidente, un hombre marcado por la efímera gloria de 49 días en el poder, sentía la respiración gélida del peligro en su nuca. Su hijo, Carlos, veía cómo la angustia se grababa en el rostro de su padre, surcando profundas líneas de preocupación en su piel.
La llamada llegó como un presagio funesto, una voz que susurraba al oído de la noche. Un amigo, un fantasma surgido de la penumbra, le reveló la verdad ineludible:
– «A la medianoche, comienza el golpe. Te tenes que ir de Giles.»
Las palabras, breves y contundentes, resonaban con la frialdad de la muerte. La noche se convirtió en una carrera contrarreloj, una danza macabra con la sombra de la muerte. Un Ford Fairlane azul, un vehículo familiar, se transformó en una cápsula de escape, su carrocería metálica era un frágil escudo contra la tormenta que se avecinaba. Cada objeto que Carlos metía en el baúl parecía cargarse de un significado sobrenatural, un último adiós a una vida que se dejaba atrás.
A las diez de la noche, la oscuridad se hizo absoluta. Las luces de Giles se extinguieron, sumiendo al pueblo en una negrura impenetrable, una conspiración de sombras que parecía favorecer a los planes de los militares. El Fairlane azul, una chispa de luz rebelde en la noche del 24 de marzo, inició su huida desesperada, tomando cada curva como un desafío, cada kilómetro recorrido como una victoria efímera. El motor rugía, un latido constante en la oscuridad, un susurro de esperanza en medio del abismo.
Mientras el Fairlane azul se alejaba, la casa de Cámpora en Giles fue asaltada por una ráfaga de disparos. El sonido de las balas destrozando la quietud nocturna de un pueblo más que tranquilo, precipitaba el eco infernal de la violencia que se apoderaba del país. Simultáneamente, fuerzas militares y policiales se situaban en su casa de campo cerca de Villa Espil. La orden, según los susurros que corrían como la pólvora, era clara: eliminar al ex presidente. La noche se convirtió en un escenario de guerra, y el Fairlane azul, en un símbolo de resistencia desesperada.
En un campo cercano a San Antonio de Areco, Cámpora y su hijo encontraron un respiro, un refugio precario en medio de la tormenta. Un instante de tregua antes de enfrentarse al exilio, a la incertidumbre, a la lucha por sobrevivir, por preservar su memoria, por resistir el olvido. La noche del Fairlane azul, una pesadilla grabada a fuego en la memoria de Giles, es un recuerdo que perdura en el tiempo, una historia de suspenso que aún hoy nos estremece.
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