Los Gauchos / Nota Oscar Dimaro

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Los Gauchos / Nota Oscar Dimaro

En la guerra, los Gauchos recibieron su bautismo de fuego antes de que naciera la Patria liberada. En 1806 se enrolaron en la reconquista del la Ciudad de Buenos Aires ante el desembarco del invasor británico. Pusieron en acción su coraje y su destreza en el manejo del caballo; a modo armas usaron tanto la tercerola y el sable como el lazo y las boleadoras. Pie a tierra, esgrimían las dagas o sus simples cuchillos de trabajo. Enfrentaron a los invasores en las Chacras de Perdriel donde, aunque dispersados a causa de su condición de improvisados combatientes, demostraron coraje y aptitud de “hombres de a caballo”. Doce dias después, los invasores capitularon. Volverían al año siguiente, para retirarse definitivamente, rechazados por segunda vez.

Después del Pronunciamiento de 1810, al que llamamos “La Revolución de Mayo”, nacen los primeros ejércitos patrios. En ellos el Gaucho fue protagonista. Las tropas cargaban a sable o a lanza. Los Granaderos a Caballo del General San Martín fueron lo que en la actualidad denominaríamos un “cuerpo de elite”, famoso por el despliegue de sus escuadrones y sus legendarios “sables”, como se categorizaban a sus mejores cuadros. Así, el Gaucho guerreo en las campañas emancipadoras y en la efectiva ocupación del Desierto, mientras sus hermanos comenzaban a producir nuestra riqueza agropecuaria.
La historia de los Caudillos, también con los gauchos en su relato, fue, por su parte, el basamento del federalismo de la Republica naciente. En San Antonio de Areco dijimos, en una oportunidad, que “… las lanzas de los Caudillos hicieron por la unidad nacional tanto como la pluma de los Organizadores…”
La lucha mas prolongada que tuvo el Gaucho fue en el Desierto. Las tribus indígenas enfrentaron en guerra al colonizador con ferocidad sin treguas. El Gaucho tuvo que plantearla con la contundencia a que lo obligo la dura resistencia de las indiadas, que defendieron peleando palmo a palmo la posesión de la tierra en que se asentaban; así no tuvieran conciencia de limites, de propiedad, ni de nacionalidad. En el “Martín Fierro”, José Hernández describe al Indio con esta elocuencia: “…tiemblan las carnes al verlo / volando al viento la cerda, / la rienda en la mano izquierda / y la lanza en la derecha; / Ande enderieza abre brecha / pues no hay lazazo que pierda. “
Las Campañas del Desierto son la nota distintiva de una extensa época histórica. A lo largo de casi cuatro siglos el “infiel” impuso las condiciones de la lucha. El Indio sobrevivía a sus muertes. Quedo su recuerdo en imágenes soberbias. En sus retiradas establecía nuevas fronteras. Y desde allí, permanentemente, la amenaza fantasmal y pavorosa del malón.  El Gaucho debía responder con nuevas acometidas, mas sangre derramada, nuevos fortines, soledades, penurias. El criollo impuso un régimen civilizado al costo de muchas vidas, propias y de su rival. El Indio dejo un singular legado al futuro del territorio en el que el campeo por siglos: su destreza de a caballo. Dice José Hernández en su “Martín Fierro”: “El pampa educa al caballo / como para un entrevero; / como rayo es de ligero / en cuanto el Indio lo toca; / y como trompo en la boca / da gueltas sobre de un cuero”.
En parecidas reflexiones aconseja a los Gauchos a aprender del Indio estas condiciones. Del primitivo poblador de estas tierras, además, el Gaucho recibió la herencia de saber soportar la soledad y las inclemencias del tiempo, procurarse el alimento, aguantar adversidad y luchar hasta el ultimo aliento. También debemos afirmar que el carácter trashumante – y no de “vago y mal entretenido”, como en forma aviesa se lo quiso menoscabar- le dio al Gaucho un sentido irrenunciable de la Libertad, que ha transmitido a los argentinos de hoy.
Quedo una tremenda historia de pajonales, poblados y rancheríos incendiados; de fortines, cautivas blancas e indios muertos. Quedo tambien el mojón de una presencia: los Gauchos-soldados. Y la organización de las Estancias, verdaderas aldeas de pobladores rurales, que es donde el Gaucho se incorpora definitivamente a la civilización del país. Es el primer habitante de estas poblaciones perdidas en el Desierto. Allí tomo fundamento su personalidad hospitalaria y su capacidad de arraigo. Paso rápidamente de la intemperie desolada al rancho de adobe donde formo su familia, generalmente numerosa y a cuyos hijos crió a su imagen y semejanza.
Después fue el hombre de Estancia, de las primitivas que levantaron los pioneros y de las contemporáneas fundadas el siglo pasado y que hoy son exponentes de la evolución del hombre de campo argentino. Fue resero y camino las huellas.
Borges dice de esos hombres: “Ciertamente no fueron aventureros, pero un arreo los llevaba muy lejos y más lejos de las guerras. (…) Vivieron su destino como en un sueño, sin saber quienes o que eran”. La Estancia les dio identidad social y cultural; allí, a la par del Estanciero, se consolidaron como hombres de trabajo y de tradiciones, distinguiéndose en las tareas camperas donde se apoyo la prosperidad del país, que, en la segunda década del siglo XX, fue llamado “el granero y la estancia del mundo”, contándoselo entre las seis naciones mas adelantadas del planeta, tanto en el campo de la economía como en el de la cultura.
El descendiente de españoles, como nacionalidad dominante, se constituye en el principio nativo del arquetipo argentino. Las inmigraciones que poblaron nuestro país con creciente intensidad dieron matices a ciertos tipismos regionales, pero no rozaron el sólido fundamento tradicional. El temple Gaucho argentinizo al inmigrante.

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