El insulto como política de Estado

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OPINIÓN | Política

x Javier Yacoy

Columnista de análisis político

El Presidente no evitó el enfrentamiento: lo administró y lo llevó al límite. En un recinto donde el grito hace años reemplaza al debate, la escena fortaleció a su base y dejó expuesta a la oposición. Pero abrió una pregunta incómoda: si la eficacia política del barro justifica que el Congreso se transforme en un ring.

El insulto como política de Estado

Lo que ocurrió en el Congreso no fue solo un cruce de insultos. Fue un enfrentamiento abierto entre dos formas de entender la política. Y aunque no estoy de acuerdo con lo que pasó, tampoco voy a fingir sorpresa.

Javier Milei no esquivó los insultos. Redobló la apuesta. Bajó al barro y peleó en el mismo terreno en el que el kirchnerismo y la izquierda llevan años jugando: el grito, la interrupción, la descalificación como método. Desde la transmisión oficial las puteadas se escuchan bajas. En el recinto son atronadoras. No es nuevo. En 2019, a Mauricio Macri lo insultaron desde el primer minuto y habló durante 45 minutos por encima de los gritos. La degradación del clima parlamentario no empezó ayer.

La diferencia es que ayer el Presidente eligió no hacerse el educado.

¿Era el lugar? No. El Congreso de la Nación no debería ser el escenario para un duelo verbal. La institución exige otra cosa. Quienes creemos en el respeto, en las formas y en el valor simbólico del recinto no podemos naturalizar esa escena.

Pero tampoco podemos aceptar el acting escandalizado de una oposición que jamás respetó aquello que hoy invoca.

En 2015, Cristina Fernández de Kirchner decidió no entregar el bastón y la banda presidencial a Mauricio Macri. Fue un gesto político, sí. Pero también fue una falta de respeto institucional al voto popular del que tanto se jactan cuando les conviene. La degradación simbólica de la investidura no empezó con Milei.

Hay, además, una diferencia clave con lo ocurrido en 2019. Cuando Macri era interrumpido, eligió sostener las formas y permitir que el foco mediático quedara sobre el bloque opositor. Con el tiempo, esa actitud empezó a valorarse. En el momento no generó impacto inmediato; recién ahora se la reconoce como un gesto institucional.

Milei hizo lo contrario. No permitió que la escena quedara en manos de la oposición. Respondió, confrontó y administró el conflicto en tiempo real. Y al hacerlo, dejó expuesta la lógica de grito permanente, el desprecio por el protocolo y la dinámica de desorden que caracterizó durante años al kirchnerismo. No esperó a que el tiempo lo reivindicara: produjo el efecto político en el presente.

Eso explica el impacto. Su base se consolidó. Quienes lo siguen valoran que no retroceda ni se esconda detrás de la formalidad mientras lo hostigan. Quienes nunca lo van a acompañar confirmaron su rechazo. Y en el medio —donde me ubico— la sensación fue más compleja. Porque quienes creemos en la institucionalidad queremos firmeza, pero también queremos altura.

Entender la estrategia no implica celebrarla.

Más allá del enfrentamiento, quedó un vacío. Faltó contenido. Faltaron precisiones. No alcanza con anunciar reformas en términos generales ni con enumerar intenciones. Quienes esperábamos una hoja de ruta concreta para los próximos meses nos quedamos con un combate ideológico entre derecha e izquierda, más que con un programa detallado de gestión.

Entonces la discusión no es solo si Milei hizo bien o mal en bajar al barro.

La discusión es qué tipo de política se premia hoy.

Estamos en un momento donde la confrontación directa genera respaldo inmediato. Lo vemos en la Argentina y en otras democracias occidentales: el liderazgo confrontativo produce adhesión más rápido que la moderación institucional. Milei no solo confronta; también expone. Lo hizo en el Congreso y lo hace cuando visibiliza mecanismos de presión, piquetes o prácticas que considera parte de una estructura que quiere desarmar. La lógica es la misma: mostrar crudamente el conflicto y obligar a tomar posición.

Eso es eficaz.

Pero el Congreso no es una cancha ni un estudio de televisión. Es una de las instituciones más importantes de la Nación. Es el lugar donde se forja el marco normativo del país. Y si la apertura de sesiones se convierte en un ring, la institución pierde espesor simbólico, aun cuando la estrategia política rinda.

No se trata de darle la razón a la oposición. Tampoco de justificar todo lo que haga el Presidente. Se trata de exigir algo mejor sin desconocer el contexto real en el que se juega.

El barro puede ser políticamente rentable.

Pero la vara institucional no debería depender de la rentabilidad del momento.

Y ahí es donde todavía estamos en deuda.

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