x Javier Yacoy
«Hoy no es un día más en la política argentina. Hoy cayó una torre. No es solo una condena judicial: es la consumación simbólica de una muerte política. Cristina Fernández de Kirchner ha sido eyectada del sistema de poder. Y como en todo final de ciclo, comienza el verdadero juego por lo que viene. El peronismo no espera el luto. Se reorganiza. Se reacomoda. Y ya huele sangre.»
La sentencia contra Cristina Fernández de Kirchner —seis años de prisión e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos, más el decomiso de bienes valuados en más de 84.000 millones de pesos— no es solo una decisión judicial. Es una fractura sísmica en el sistema político nacional, una que deja a la principal figura del kirchnerismo definitivamente fuera del tablero institucional. Pero también, y quizás más importante aún, fuera del tablero simbólico del poder.
Cristina no fue solo condenada. Cristina fue desactivada como centro de gravedad del peronismo. Y en ese vacío, comienza de inmediato una feroz disputa por la conducción del movimiento.
Massa, el instinto político ante el cadáver de una jefa
Sergio Massa ve lo que otros todavía no se atreven a decir en voz alta: la era Cristina ha terminado. Y como en toda muerte política, el peronismo empezará a correr hacia la nueva hoguera del poder. Porque el peronismo no milita ideas, milita conducción. Y la conducción, ahora, está vacante.
Massa es, por lejos, el dirigente más político de todos los que hoy orbitan el universo panperonista. No es ideólogo. Es operador, es puente, es decisión. Tiene relaciones con todos los factores de poder que importan —empresarios, sindicatos, embajadas, medios, gobernadores— y tiene algo aún más crucial: hambre de liderazgo.
La traición, ese componente genético del peronismo que suele activarse en los momentos de oportunidad, ya está en marcha. Y todo indica que el primero en morder será él. Massa sabe que no hay lugar para dos conductores. Con Cristina fuera, no hay contención para Axel Kicillof, ni para Eduardo «Wado» de Pedro. No tienen el volumen, no tienen el deseo, no tienen el aparato. Massa, en cambio, sí.
El 2017 como aprendizaje y el 2025 como oportunidad
En 2017, Cristina volvió a presentarse sin el PJ y perdió contra Esteban Bullrich. Ese fue el punto de quiebre. En 2019 volvió al poder, pero como vicepresidenta de un presidente que eligió ella misma. Hoy, en 2025, el ciclo se cierra: la figura que durante dos décadas polarizó, marcó la agenda y condujo al peronismo, ha quedado institucionalmente eyectada.
Sergio Massa lo entiende como pocos. Perdió dos veces la presidencia, y en ambas ocasiones terminó siendo necesario para el armado del oficialismo. Esta vez, cree que no necesita ser útil para otro: es su turno de ocupar el centro del escenario.
El movimiento justicialista ya empezó a girar hacia él. No por amor, sino por necesidad. Porque Massa —como Perón en su tiempo— representa lo que el peronismo nunca deja de buscar: alguien que pueda ganar.
Una intuición (que quizás sea primicia)
Y dejo esto a modo de intuición, de lectura de entrelíneas, aunque aún no haya confirmación oficial: no me sorprendería que Sergio Massa se lance como candidato por la Primera Sección Electoral bonaerense, ese gigantesco conglomerado de casi cinco millones de votantes que define buena parte del poder real en la provincia y en el país. Tiene el territorio, la estructura y el volumen político. Anoten esta posibilidad. Si en las próximas semanas lo anuncia, acuérdense de mí.
Conclusión
Cristina Fernández de Kirchner fué, probablemente, la figura más poderosa de la política argentina del siglo XXI. Pero ese ciclo se ha cerrado con la contundencia de un fallo judicial y con la ferocidad que caracteriza al peronismo cuando huele sangre.
El PJ transitará hacia una nueva conducción, y si algo enseña la historia del peronismo es que el liderazgo no se hereda ni se comparte: se conquista.
Prestá atención, Sergio Massa ya lo está haciendo.
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